Pensar por uno mismo es la prueba más alta de libertad y valor.
Escucha, discípulo de la razón:
La mente que se forja en la
acción comprende que cada gesto, cada hábito y cada decisión siembran el fruto
que un día recogerás.
El karma no es un castigo ni una promesa "misteriosa": es la ley práctica de causa y efecto. Aquí algunas reflexiones del Karma aplicada a la vida humana:
Quien cultiva intención, disciplina y responsabilidad transforma el azar en proyecto; quien confía solo en el azar entrega su destino a la fragilidad de lo externo. Pregunta, actúa, corrige y repite: así se construye el carácter, así se modela el éxito verdadero.
Todo lo que vives es el reflejo de tus causas pasadas: pensamientos,
palabras y acciones que, como semillas, germinan en el tiempo. El sabio no
culpa a la suerte, porque entiende que el universo es justo en su ley de causa y efecto. Si siembras pereza,
cosechas mediocridad.
Mira los ejemplos del mundo: Thomas Edison no “tuvo suerte” al inventar
la bombilla; realizó más de mil intentos antes de lograrlo. Oprah Winfrey no llegó al éxito por azar;
transformó su dolor en sabiduría y su historia en inspiración. O piensa en lo
cotidiano: el estudiante que estudia y se prepara cada día no depende de la suerte del
examen; el empresario que planifica y se esfuerza no espera milagros, crea su propio destino.
La ley del karma no castiga ni premia, educa. Te muestra que cada pensamiento
crea una dirección, cada decisión deja una huella, cada acto construye un
futuro.
La vida es un campo donde cada pensamiento y
acción es una semilla. No hay magia en los resultados, solo coherencia entre lo que siembras y lo que
recoges. Pero veamos esto con claridad, porque el sabio no habla en
metáforas vacías, sino en verdades que se viven.
El joven que cada día posterga sus metas, que se
refugia en el teléfono o el entretenimiento fácil, siembra pereza. El efecto es inevitable: su mente se
debilita, su voluntad se adormece, su confianza se desvanece. Años después,
mira su vida y dice: “no tuve suerte”. Pero no fue falta de suerte, fue falta
de causa.
En cambio, quien siembra disciplina —aunque cueste levantarse temprano,
aunque el cansancio lo tiente— comienza a construir una fuerza invisible:
constancia. Esa constancia se convierte en resultados. El estudiante que repasa
cada día obtiene claridad; el deportista que entrena cuando otros descansan
alcanza dominio; el emprendedor que persevera en silencio termina recogiendo
frutos que otros llaman suerte.
Piensa también en el que siembra queja: ve injusticia en todo,
culpa al sistema, a la familia, a los demás. Su mente se llena de impotencia y
su entorno refleja su desánimo. En cambio, quien siembra gratitud y acción, ve oportunidades donde otros
ven obstáculos; su energía cambia, y con ella, cambian las circunstancias.
Así funciona la ley del karma, o de causa y efecto. No es castigo ni premio, es enseñanza:
te devuelve exactamente lo que emites, para que aprendas a ser consciente de
tus siembras.
Por eso el sabio no espera milagros: crea
causas correctas.
Trabaja con amor, piensa con claridad, actúa con propósito… y la vida te
responderá con armonía.
Actúa, entonces, como el buen agricultor: elige cuidadosamente las semillas, cuídalas diariamente, corrige el rumbo cuando veas plagas y aprende a esperar con constancia. Observa tus hábitos pequeños porque son los que cultivan los grandes destinos— y recuerda: cambiar la siembra hoy transforma la cosecha del mañana. La libertad verdadera no está en atribuir los resultados al azar, sino en tomar la responsabilidad de tus causas y cultivar, con intención, la vida que deseas recoger.
Cuando comprendas esto, dejarás de preguntar “¿por qué me pasa esto?” y
comenzarás a decir: “¿qué puedo aprender y transformar?”. Así, la vida deja de
ser un juego de azar y se convierte en una obra magistral consciente.
Construye la vida que mereces, aquí te dejamos el video completo de LOUISE HAY.

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